martes, 24 de septiembre de 2013

Dibujamos literatura

Inmensa alegría sentí al ver el dibujo de Sergio Plaza sobre el fragmento de "Las desventuras del joven Werther" que leímos en 4º A ayer.

Ha captado muy bien el ambiente lúgubre de este Romanticismo incipiente, del que Johann Wolfgang von Goethe es máximo representante: el desbordamiento de los ríos era difícil de expresar pictóricamente, y lo ha conseguido mediante la inclusión en su dibujo de unos barcos, la luna negra, la figura de Werther, también oscura, contemplando toda esta destrucción desde la cima de una colina, inspirada tal vez la figura en la del famosísimo cuadro "Caminante sobre el mar de nubes", de Caspar David Friedrich, que resulta de lo más romántico.

Muchas gracias, Sergio. Tenemos ya la primera posible contribución a la a antología del curso próximo. Has roto el hielo. Espero que los demás alumnos vayan siguiendo tu ejemplo. Por supuesto, este trabajo se traduce en puntos positivos.

El fragmento es el siguiente:

Las desventuras del joven Werther
Wolfgang Johan von Goethe

12 de diciembre

Querido Guillermo: me encuentro en un estado que debe asemejarse al de los desgraciados que en la antigüedad se creían poseídos del espíritu maligno. No es el pesar; no es tampoco un deseo vehemente, sino una rabia sorda y sin nombre que me desgarra el pecho, me hace un nudo en la garganta y me sofoca. Sufro, me gustaría escapar de mí y paso las noches vagando por los parajes desiertos y sombríos en que abunda esta estación enemiga.

Anoche salí. Sobrevino de repente el deshielo y supe que el río había salido de madre, que todos los arroyos de Wahlheim corrían desbordados y que la inundación era completa en mi valle. Me dirigí a él cuando llegaba la medianoche y presencié un espectáculo aterrador. Desde la cima de una roca, con la claridad de la Luna, vi revolverse los torrentes por los campos, por las praderas y entre los vallados, devorando y sumergiendo todo; vi desvanecerse el valle; vi en su lugar un mar rugiente y espumoso, azotado por el soplo de los huracanes. Después, profundas tinieblas; más tarde, la Luna, que aparecía de nuevo para arrojar una siniestra claridad sobre aquel imponente cuadro. Las olas rodaban estrepitosas… se estrellaban a mis pies con gran fuerza. Un extraño temblor y una tentación inexplicable se apoderaron de mí. Me hallaba con los brazos estirados hacia el abismo, acariciando la idea de lanzarme a él. Sí, lanzarme y sepultar conmigo los dolores y sufrimientos. ¡Pero ay!, ¡qué desgraciado! No tuve fuerza para terminar de una vez por todas con mi pesar; mi hora no ha llegado aún, lo sé. ¡Ah, Guillermo! ¡Con qué gozo hubiera dado esta pobre vida para confundirme con el huracán, rasgar con él los mares y agitar sus olas! ¡Ah!, ¿no alcanzaremos nunca esta dicha los que nos consumimos en nuestra prisión? ¡Qué tristeza se apoderó de mí cuando mis ojos pasaron por el sitio donde había descansado con Carlota, bajo un sauce, después de un largo paseo! También había llegado ahí la inundación y a duras penas pude distinguir la copa del sauce.

Pensé entonces en la casa de Carlota, en sus jardines… El torrente debía haber arrancado también nuestros pabellones y destruido todos nuestros lechos de pasto. Un luminoso rayo del pasado brilló frente a mi alma, como brilla en los sueños de un cautivo una ola de luz que le crea praderas, ganados o grandezas de la vida. Yo estaba ahí, parado… ¡ah!, ¿es que no tengo valor para morir? Yo debía… Y sin embargo, aquí estoy como una pobre vieja que recoge del suelo sus andrajos y va, de puerta en puerta, pidiendo pan para sostener y prolongar un instante más su vida de miseria.


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