jueves, 8 de octubre de 2015

¡Si doña Eugenia de Montijo hubiera conocido Zara!


El mural "Somos del XIX" de 4º ESO "A" cada vez está más concurrido. Contamos con la presencia de doña Eugenia de Montijo, que nunca antes estuvo en el colegio.

Nació doña Eugenia en Granada, hija de un grande de España y fue educada en Francia. Iba con su madre a los bailes de la corte y conoció allí a Napoleón III Bonaparte, segundo emperador de Francia, que parece que se enamoró perdidamente de la granadina. Su marido, Napoleón III, era sobrino de Napoleón I y la suegra de Eugenia era la hija de la emperatriz Josefina. El matrimonio no estuvo bien visto por muchos franceses, ya que Eugenia no tenía sangre real, aunque sí era una aristócratas con importantes títulos. El emperador justificó su unión aduciendo que este matrimonio ponía fin a los matrimonios por intereses dinásticos. Y ahora pienso yo en el matrimonio de sus Majestades Don Felipe VI y doña Leticia (no me acostumbro-ni quiero acostumbrarme- a escribir "Letizia")...¿Qué pensarían ahora los que condenaban el matrimonio de Napoleón III y la aristócrata andaluza Eugenia de Montijo?

Eugenia fue una "reina de la moda" en aquellos tiempos, gracias a su belleza y elegancia. Incluso hay un tipo de sombrero, cuya ala descansa sobre la cara, que lleva su nombre, "sombrero eugenie".

Esto se escribió de ella:

“Era más bien alta, sus rasgos eran regulares y la línea delicadísima del perfil tenía la perfección de una medalla antigua, con un encanto muy personal, un poco extraño incluso, que hacía que no pudiera comparársela con ninguna otra mujer. La frente, alta y recta, se estrechaba hacia las sienes; los párpados, que ella bajaba con frecuencia, seguían la línea de las cejas, velando así sus ojos bastante cercanos uno de otro, lo que constituía un rasgo particular de la fisonomía de la emperatriz: dos bellos ojos de un azul vivo y profundo rodeados de sombra, llenos de alma, de energía y de dulzura (…) Los hombros, el pecho y los brazos recordaban a las más bellas estatuas. La cintura era pequeña y redondeada; las manos, delgadas; los pies, diminutos. Nobleza y mucha gracia en el porte, una distinción nata, un andar ligero y suave (…)”.

Habría que verla el día de su boda civil, con un precioso traje de satén rosa y jazmines en el pelo, y al día siguiente, el día de su boda religiosa, vestida de blanco, cuando, dirigiéndose en coche de caballos a Notre Dame, hizo parar el carruaje para hacer una elegante reverencia con la que se ganó el entusiasmo de los franceses. Y, bueno, cuando sale de las Tullerías después de consagrado su matrimonio religioso con un vestido de terciopelo color rubí....¡Oooohhhhh!¡Con lo que me gusta a mí el terciopelo! Pues otro vestido de terciopelo, esta vez azul, bordado con arabescos de seda, eligió para visitar el palacio de Versalles durante su luna de miel, y como accesorio sobre los hombros lelvaba un mantón de cachemira blanco.

El guardarropas de Eugenia de Montijo sería digno de contemplación. Usaba los vestidos tres o cuatro veces y después los regalaba a sus camareras. Era tan ordenada que cuando se compraba un vestido quedaba catalogado, como todos los documentos que tenía y ¡leed esto!...Esto lo quisiera yo para mí: el cuarto de baño estaba comunicado por medio de un rosetón disimulado en el techo con su guardarropas y desde allí descendía cada día el vestido que iba a ponerse....¡Ooooh! Esto hay que patentarlo, ¡qué cómodo!

Su elegancia y encanto (ahora diríamos "glamour") eran famosos en el mundo entero, marcaba las modas, tanto en el vestir, como en el mobiliario y decoración, que copiaba de la época neoclásica, pues le encantaba investigar sobre la reina María Antonieta.

De acuerdo a los cánones actuales, su belleza era corriente, lo que era casi insuperable debía de ser su elegancia... ¡Quién fuera Eugenia de Montijo!...Quizás penséis esto...Pero no os gustaría. Hubo una circunstancia trágica que marcó su vida y fue la muerte de su único hijo, que quiso ir a combatir a Sudáfrica y murió asesinado por los zulúes.

Su vida alcanzó tintes de tragedia entonces. He de decir también que participó en política , incluso fue regente en tres ocasiones, cuando su marido se hallaba fuera, en quien ejercía una poderosa influencia y a cuya política se opuso en lo tocante a Italia, apoyando al Papa, como ferviente católica que era.

Así fue como una andaluza de Granada llegó a ser emperatriz de Francia y conocida en el mundo entero.

Y yo me planteo...¡Si doña Eugenia de Montijo hubiera conocido Zara!

Cecilia, me encanta tu personaje. Tu elección habla de tu buen gusto.

No hay comentarios: