lunes, 9 de noviembre de 2015

¡CARA DE CURA!

Uno de nuestros exalumnos seminaristas, Eduardo Ramírez Olid, me escribió el otro día un correo electrónico en el que me pedía que le corrigiese un texto que había escrito para compartirlo con todos ustedes en el blog, y así lo hago, agradeciendo a Eduardo su participación y su mensaje, que ya le he dicho que me viene como anillo al dedo, después de haber estado hablando con los niños de la figura de la Virgen María y la necesidad de reflejar la actitud cristiana..



¡CARA DE CURA!


Queridos lectores, un suceso ocurrido en estos días por mi parroquia, me han inspirado para escribir este pequeño artículo. El suceso fue que me confundieron con el párroco, cosa que ocurre habitualmente, lo que me llevó a la siguiente conclusión:

Es curioso observar cómo hay algunos sacerdotes, que, a pesar de no llevar ninguna ropa
distintiva, tienen algo en su rostro, en su cara, en su mirada, que delata su pertenencia al clero. Ya estén vestidos de hábito o con un traje de astronauta, su rostro no deja de evidenciarlo. Y, ¿qué elemento es el que evidencia la  condición de clérigo?
Pues, un sacerdote a pesar de su cansancio, del estrés del trabajo y de la
rutina diaria, no deja de tener un rostro alegre, un rostro lleno de vida y de
esperanza; un rostro que no se deja vencer ante el sufrimiento del mundo, ante su propio pecado y el pecado
de los demás; un rostro enamorado de las cosas de Dios; un rostro como el de Jesús, de tierna y serena mirada.
 

También hay seminaristas a los que se les nota su condición a kilómetros (exagerando un poco). Las evidencias comunes (además de la vestimenta, el peinado, la sotana, etc...) son la mirada inocente y perfil sencillo, la sonrisa y el brillo de los ojos, etc.

Hay un "no sé qué" en cada rostro de los seminaristas que resalta a primera vista.  Lo percibimos cuando pasamos por los seminarios y observamos en el rostro de estos jóvenes, la vitalidad y el entusiasmo con el que se despiertan cada día, por lo que viven y el cambio que experimentan en sus vidas. Son rostros llenos de alegría y de esperanza, rostros diferentes a los que vemos en la mayoría de los institutos, colegios, universidades…
 Y se manifiesta que la persona es feliz y está convencida de su vocación por el solo hecho
de tener una cara diferente. 
 

Sin embargo, no hay nada más deprimente que encontrarse en algunas
parroquias a un cura con cara avinagrada, mustia, que no exteriorice ese
sentimiento de llevar a Cristo dentro. Aprovecho para exhortar a los
presbíteros, y lectores de este artículo, a que transmitan esa alegría de
Jesús, la alegría del Evangelio, ya que puede ser una de los testimonios más
bonitos para la pastoral vocacional. Muchos jóvenes se sienten atraídos por los
rostros felices de los sacerdotes.
 

PD: la foto que encabeza este artículo parece que no tiene nada que ver con el tema, aunque está del todo implicada. Se trata de Martín Martínez Pascual, sacerdote, segundos antes de ser fusilado, mirando a su asesino a la cara. Nos muestra esa expresión de un rostro que manifiesta
tranquilidad y paz interior y alegría,  …es un rostro feliz. 




Eduardo Ramírez Olid. 
Seminarista menor Asidonia-Jerez


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