viernes, 15 de enero de 2016

La morfología, las palabras y el perfume de Carolina Herrera.

En 4º ESO abordamos el estudio de todos los niveles del lenguaje: el nivel fónico, el morfológico, el sintáctico y el textual. En el primer trimestre comenzamos el estudio del lenguaje por el nivel básico, el que analizan la fonética y la fonología, el de los fonemas y sonidos. Así, hemos visto la importancia que tiene diferenciar fonemas para, por ejemplo, el estudio de los idiomas. También hemos estudiado la forma en que articulamos y realizamos los sonidos de nuestra lengua, a partir de una serie de órganos móviles que forman parte del aparato fonador (lengua, mandíbula, velo del paladar, etc.) y hemos visto la importancia de la respiración y el ritmo en el habla.
Hemos subido un nivel en el estudio del lenguaje (como si fueran fases del Mario Bros) y lo que estamos estudiando ahora es el plano morfológico, es decir, el que se encarga de la forma de las palabras, de cómo están constituidas: si son simples, que constituyen una raíz, si son derivadas y cuentan con prefijos o sufijos, si son compuestas o parasintéticas.
En este punto del temario me gusta siempre que mis alumnos leáis este fragmento, muy gráfico, de una obra de Dª Carmen Martín Gaite, llamada "Nubosidad variable". Creo que así entenderéis mejor la explicación que di en clase de palabras formadas por piezas "enroscables".
A mí particularmente, cuando pienso en el nivel morfológico del lenguaje, las palabras me recuerdan al diseño del envase del perfume de Carolina Herrara 212: una parte central, que es la raíz de la palabra, y dos pequeños tarros a los lados, que se separan del centro. La parte central sería la raíz de la palabra y los tarros esféricos, el prefijo y el sufijo. Por supuesto que una palabra puede tener varios sufijos y también interfijos, o dos raíces (el caso de las palabras compuestas), pero la imagen del envase del perfume me parece muy aproximada a la idea de palabra que tengo en mente.
Os dejo el texto: 

A ella le gustaba inventar palabras y desmontar las que oía por primera vez, hacer combinaciones con las piezas resultantes, separar y poner juntas las que se repetían. Las palabras un poco largas eran como vestidos con corpiño, chaleco y falda, y se le podía poner el chaleco de una a la falda de otra con el mismo corpiño, o al revés, que fuera la falda lo que cambiase. Alternando la “f” y la “g”, por ejemplo, salían diferentes modalidades de paz, de muerte, de santidad y de testimonio: pacificar y apaciguar, mortificar y amortiguar, santificar y santiguar, testificar y atestiguar; era un juego bastante divertido para hacerlo con diccionario. Algunos corpiños como “filo” que quería decir amistad y “logos”, que quería decir palabra, abrigaban mucho y permitían variaciones muy interesantes. Ella un día los puso juntos y resultó un personaje francamente seductor: el filólogo o amigo de las palabras. Lo dibujó en un cuaderno tal como se lo imaginaba, con gafas color malva, un sombrero puntiagudo y en la mano un cazamariposas grande por donde entraban frases en espiral a las que pintó alas. Luego vino a saber que la palabra ‘filólogo’ ya existía, que no la había inventado ella.
-Pero da igual, lo que ha hecho usted es entenderla y aplicársela -le dijo don Pedro Larroque, el profesor de Literatura-. No deje nunca el cazamariposas. Es uno de los entretenimientos más sanos: atrapar palabras y jugar con ellas.
O sea, que le daba alas. Y ella les daba alas a las palabras, porque era su amiga, y porque ser amigo de alguien es desearle que vuele.

Al profesor de Matemáticas, en cambio, no le divertían nada estos juegos de palabras, le parecían una desatención a los problemas serios, una manipulación peligrosa del dos y dos son cuatro, una pérdida de tiempo. Cuando un buen día, sin más preámbulo, empezó a hablar de logaritmos, hubo en clase una interrupción inesperada y un tanto escandalosa. La niña del cazamariposas se había puesto de pie para preguntar si aquello, que oía por primera vez, podía significar una mezcla de palabra y ritmo. Las demás alumnas se quedaron con la boca abierta y el profesor se enfadó.

- No hace al caso, señorita Montalvo. Está usted siempre en las nubes -dijo con gesto severo-. Le traería más cuenta atender.

La niña rubia, que ya estaba empezando a pactar con la realidad y a enterarse de que las cosas que traen cuenta para unos no la traen para otros, se sentó sin decir nada más y apuntó en su cuaderno: “Logaritmo: palabra sin ritmo y sin alas. No trae cuenta.”
Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable
Habéis de estudiar el conjunto de monemas de origen clásico, los cuales forman muchas palabras de nuestra lengua, cuyo significado podremos deducir a partir de este estudio. A la vez, seguro que os ayuda a expresaros mejor, e incluso a ser poéticos. Sin ir más lejos, en 4º C contamos con nuestros diccionarios de toda la vida y también con los ejemplos extraídos del "paconario", original diccionario que encontramos en la mente de Paco Gil.

2 comentarios:

Toñi Mateo dijo...

Buenas tardes señorita Diana,
me ha encantado el fragmento de Dª Carmen Martín Gaite, me parece una forma preciosísima de ver la morfología; ya que, desde primero de secundaria, que comenzamos a diferenciar Gramática de Literatura en las clases de Lengua; siempre se nos planteaba que la Historia en sí es más vívida y que Sintaxis es más aburrido; pero como tal y como dice el texto, la Morfología es como un juego de combinar ropa, colores, etc. Que se disfrutar tanto como lo primero o más.

Por cierto, yo tengo el mismo perfume de la fotografía, pero el mío es de color rosa :D.

Saludos,
Toñi.

Señorita Diana dijo...

Buenas tardes, Toñi: gracias por tu reflexión. ¡Qué casualaidad lo del perfume! Me encanta, por cierto.Buena semana.