lunes, 12 de junio de 2017

Despedida de los alumnos de 4º ESO


 

 Eran las siete y media de la tarde cuando, al entrar en el colegio (de donde había salido tan sólo unas horas antes), me saludaron afectuosamente una serie de alumnos apostados en el zaguán para no perderse detalle de cómo el público iba entrando en el colegio, y a los pocos pasos, recibí una ovación de bienvenida, alegre como el barrio de Santiago. Me sentí arropada y querida por mis alumnos, lo cual les agradezco; se presentaba una tarde preciosa.

Durante muchos días (años, en la mayoría de los casos, incluyo el mío), hemos cruzado ese umbral casi maquinalmente, con caras de bostezo y almohada y movimientos lentos para dirigirnos a las aulas donde se impartiría la primera clase de la mañana. Durante nueve meses hemos arrastrado nuestros cuerpecitos a las ocho de la mañana escalera arriba hacia 4º A, B o C, donde, después de rezar, nos hemos entregado al estudio y trabajo que tantos beneficios siempre proporciona.

La llegada al colegio la tarde del 9 de Junio era de una índole muy diferente. Todos estaban especialmente guapos, alumnos y profesores ("maqueaos", que dirían los hermanos Moreno...igual no es ésa la palabra, pero alguna parecida seguro). Los familiares de los alumnos suponían una novedad en el patio árabe, padres, madres, abuelos, hermanos (muchos de ellos antiguos alumnos)...amen de alumnas de 3º, que también habían querido engalanarse para embellecer desde el coro la ceremonia con su joven físico y con sus maravillosas voces.
Nervios,...unos pocos; calor... no sé si más...; fotografías...¡muchas!....Charla, movimiento, holgorio, felicidad... Pocos días ya les quedaban en el colegio y en esa tarde empezaban a ser más conscientes del hecho de que ya nunca más iban a ser alumnos de la Compañía de María. Otros ocuparán su lugar en el patio del colegio, en su camino
a secretaría, en las aulas, en los pasillos y escaleras, en portería... y ellos pasarán a ocupar otro lugar en el mundo, uno que hayan transitado menos que este colegio en el que han pasado tantos momentos de su infancia y adolescencia, uno que esté menos gastado de sus pasos, un sitio que estrenará sus huellas y del que algún día, como éste, también se despedirán para seguir caminando, pues la vida es caminar.

Caminando todos, con ritmo algo rápido marcado por los nervios, entraron en la capilla ordenadamente en filas dobles, saludaron al Señor con una genuflexión (del latín "genu,-us", que significa "rodilla", los del examen de hoy lo saben) y en seguida se leyeron la monición de entrada y las lecturas, el coro acompañando siempre que la eucaristía lo permitía y casi lo exigía, porque sería muy extraña una misa en la capilla que no estuviera acompañada por el coro de don carlos Martínez, que esta vez cantaba arriba, anhelando quizás las niñas de 3º el momento en que ellas estuvieran en los primeros bancos de la capilla, a punto de dejar el colegio
también con ese "agridulzor" que provocan este tipo de despedidas. Algunas de estas niñas despedían a antiguos compañeros de clase. Me recordaban cuando las veía desde abajo, a las monjas que en los conventos acompañan con sus cantos las ceremonias, desde un segundo plano siempre, pero participando con todo su corazón de ellas, y regalándose al verdadero protagonista, que es el Señor. Había niñas de otros cursos también en el coro. Les agradecemos a todas su presencia y colaboración.
Don Francisco Párraga, el capellán, se había inspirado al escribir su homilía. Se notó que esta promoción no lo dejaba indiferente, por los doce folios que leyó, un emotivo mensaje en que hizo referencia al Señor, a la constancia en el  amor que debemos tenerLe, a la Niña María, a Santa Juana de Lestonnac, a niños, padres, profesores...a cada una de las clases de 4º ESO y a un comentario de "Joselito" que hizo llorar a unos pocos: "ésta es una de las últimas páginas de nuestro libro en el colegio".

Después de las peticiones, llegó el momento de las ofrendas. Se ofreció, además del Pan, el Vino y los cirios, que portan la llama del espíritu de Dios, aquella que Santa Juana no quiso que se apagara nunca y que ella sigue manteniendo encendida, la figura de una cigüeña, que simbolizaba
los nueve meses de curso que hemos pasado juntos, pues este curso para nosotros ha sido como un embarazo y el parto tendrá lugar pronto; la marioneta de la rana Froggy, que usaba con los niños cuando les daba inglés en Infantil y que quisieron ofrecer como símbolo de la maduración experimentada por ellos a través de todos estos años que han pasado; también unos apuntes (y no cualquiera, sino los de Manuel F. -casi nada-), como signo del esfuerzo y trabajo realizados durante el curso; y unas partituras y acuarelas porque todos queremos que sus vidas estén llenas de música y color.


Al terminar la eucaristía, con la acción de gracias, la oración a la Virgen y el himno de Santa Juana de Lestonnac, Pedro G., de 4º B, leyó su discurso en representación del alumnado. Sus palabras fueron sentidas al remontarse hasta sus tres años y contar anécdotas y referir momentos importantes que él repetía con emotivas anáforas que se habría perdido si sus padres hubieran decidido matricularlo en otro colegio. Supo dar una conclusión a su discurso y agradeció al colegio los que probablemente han sido los trece mejores años de su vida. Se percibieron lagrimillas, risas, ...según el tenor del discurso en cada momento y al final, la capilla explotó en aplausos.

Igual de bonito fue el discurso de la madre de Carlos F, doña Carmen Coveñas, antigua alumna del centro y madre de dos niños fantásticos (que, por cierto, y ya que menciono que son fantásticos, también son familia mía). Doña Carmen estuvo cariñosa con el colegio, como ella siempre es, y además, muy acertada en su discurso. Pidió a los niños que siempre se llevarán en los corazones unos a otros, pues la promoción son todos ellos, todos los compañeros de 4º ESO.

La directora del colegio, Dª Elena Aguilar, leyó su discurso de despedida, en que habló del colegio, de los profesores, y del carácter propio del centro, de nuestra identidad, de la Niña María, de Santa Juana, e invitó a los niños a venir siempre a su colegio.

El momento de las insignias fue ameno y simpático. Especialmente graciosa fue la entrega de la insignia a Antonio, que hizo cola para que su tutora ("le moi") le pusiese su pin, mientras la señorita Mariola se quedaba esperándolo. Después fue ella la tutora preferida, en este caso por Ana, que corrió los 100 metros lisos, adelantando a Carlos y a quien fuera delante, con

grandes zancadas para que nadie le robara el placer de sentir a la señorita Mariola imponiéndole la insignia. Por otra parte, la señorita Ada tuvo su momento de gloria cuando Marta se acercó a ella (NO A MÍ -y eso que le enseño dos materias) y se unió a la señorita en un fuerte abrazo que me puso celosa (por si lo está leyendo). Sépase que la señorita Ada y yo nos disputamos el amor de esta alumna, aunque la señorita de Matemáticas salga ganando siempre (yo también la elegiría a ella). Fue también muy divertido el momento en que los hermanos Moreno fueron mencionados, acompañada la mención con un fuerte aplauso, y la ovación calurosa que recibieron los dos "abueletes", José Luis y Jaime.

Terminó todo con la fotografía de grupo. Agradezco a mis niños de 4º "A" el precioso ramo de flores y la cruz tan bonita que me regalaron y que me acompañó toda la noche.

Pasamos después al patio, donde compartimos charlas profesores, alumnos, niños y familiares en una cena "cocktail" en una velada más que estupenda, por el tiempo que nos hizo y la compañía que tuvimos.

Espero que los niños pasaran un día inolvidable y que el colegio y sus profesores seamos también tan inolvidables para ellos como ellos lo serán para nosotros.

Muchas gracias a Dª Carmen Coveñas y a Pedro por enviarme sus discursos.







































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